jueves, 28 de marzo de 2013

109 NARA


NARA La antigua capital.

Según la leyenda, apenas acabada la construcción de la ciudad de Nara, llegó el dios llego el dios Takemikazuchi para protegerla. Cabalgaba sobre un ciervo blanco. De ahí que estos animales campen a sus anchas por las calles; hasta hay puestos donde venden galletas con las que los visitantes pueden alimentarlos. El mito también denota la importancia que cobraba la nueva población.

Hay un período Nara en la historia de Japón. Va desde el año 710 hasta el 794. Durante esta época, salvo un breve interludio, Nara fue la capital del país. Aquella sociedad eminentemente agrícola tenía el sintoísmo como religión. Mientras, la influencia china se hacía notar tanto en el urbanismo de la capital, que seguía el modelo de Xi'an, como entre las clases altas, que adoptaban los caracteres chinos y el budismo,

En su máximo apogeo, Nara superó los doscientos mil habitantes. Bajo su gobierno mejoraron las comunicaciones y la recaudación de impuestos, y se rompió la dinámica de trasladar la capital a la muerte de cada emperador. Por otro lado, empezaban a imponerse los grandes terratenientes, por encima de las propiedades comunales, en un proceso de feudalización que marcaría toda la historia posterior hasta el siglo XIX.

A pesar de la pérdida de la capitalidad a favor de Kyoto, retazos de la fastuosidad de Nara se han preservado gracias a la continuidad de varias de sus instituciones. Esto permitió inscribir como Patrimonio Mundial por Ia Unesco ocho localizaciones, entre ellas cinco templos budistas, un santuario sintoísta, un bosque y el espacio que ocupó el palacio imperial. En total suman casi ochenta edificios.

Como el ave fénix. El gran buda de Todai-ji puede servir de ejemplo de los avatares que han sufrido estos monumentos hasta Ilegar a nuestros días. La estatua de quince metros de altura y la gran sala que la alojaba se completaron en el año 752, En 1180 sufrieron un incendio, pero el buda fue reparado y la sala, reconstruida; lo mismo pasó en 1567.

Otros edificios han sido reconstruidos hasta cinco veces. Es normal que el santuario Kasuga se restaurase de manera rutinaria cada veinte años, sin alterar su estilo. En cambio, sorprende que los bosques sagrados que lo envuelven hayan permanecido sin tocar desde que se prohibió la caza y la tala allí en el año 841. A su valor natural, suman su emblemático valor cultural.



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